Thursday, January 28, 2010


Aforismos, de Francisco Hernández
Ediciones Monte Carmelo, 2002.
Pequeñas agujas para atravezarse la lengua
e inundar de sangre la garganta

Mis ideas sobre la poesía son muy simples, por no decir que limitadas, para mí, la poesía debe ser algo que brille, pero tambien algo que duela, no concibo al objeto estético en sí y para sí, para mi entonces cada poema debe ser como un vidrio, algo que multiplique las luces y las sombras, un espacio donde encontrarnos leve o totalmente con nuestro propio reflejo, pero tambien algo que corte, que deje una herida o regresando a lo anterior, nos ayude a reconocerlas por medio del reflejo y la multiplicación, cada poema debe ser una cicatriz compartida, un dolor que se contagie a travez de los sentidos de la vista y el oido, una sola línea debe de ser capaz de poner en claro las palabras turbias que habitan nuestra memoria.
Cuando me preguntan a cuál poeta mexicano le pertenecen mi admiración y mis pretensiones, respondo siempre con el nombre de Francisco Hernández, para mi no hay otro que se haya sumergido en los pantanos del dolor y haya salido de él para, precisamente, compartirnos las heridas, las cicatrices y el dolor:
-Cuando era niño yo quería ser un poeta maldito. ¿Tú a qué jugabas?- con sólo esa línea todas mis aspiraciones quedaron en el suelo, la leí hace mucho gracias a Bernardo Jauregui. Qué fue lo que entendí, que al comenzar a escribir yo no tenía idea de a qué estaba jugando, Francisco Hernández sí, pero sobre todo, reconoce que estaba inmerso en un juego peligroso. ¿Yo a qué jugaba? Ni siquiera sabía lo que estaba haciendo.
No recuerdo cómo conseguí este libro, ¿fue una compra? ¿un regalo?, lo que viene a mi memoria es la frase del cintillo “menos de cinco ejemplares vendidos”, todavía me pregunto si habrá sido ocurrencia del propio Hernández, probablemente una burla precisa para sus años de redactor de textos publicitarios.
Estos aforismos aparecieron en forma de folleto en Comalcalco, Tabasco el año de 1997, la recopilación fue realizada por el joven tabasqueño Ervey Castillo, cinco años después, se publicaron de nuevo en una edición corregida y aumentada con un prologo de Marco Antonio Campos.

En algunos de ellos, Hernández aborda el oficio de los que estamos condenados a depurar desde el silencio las palabras que la vida le va dejando en el camino:
-El poema es la huella que deja el homicida en el lugar de los hechos (la hoja en blanco es el crimen perfecto).-
-El lenguaje es la más pronunciada de las trampas.-
-El poeta no descansa: el tiempo lo desgasta para probar que existe.-
-Ah, si las palabras se deformaran al escribirlas como cuando las gritas.-
-¿Cómo escribirte en verso lo que miro, si en todas mis palabras hay ceguera?-
¿Qué hay en esas líneas? Todo, el lenguaje vuelto contra si mismo, la extravagante idea de que el oficio de poeta carece de belleza alguna pues le es imposible transcribir el dolor tal cual es, que el tiempo no es amigo de nadie, que a las palabras les es imposible ver aquello que nombran.

Hay una línea que es un verdadero grito de guerra, una declaración no de principios, pero si de origen y destino:
-Yo soy el pararrayos de esta torre y soy la llave y la puerta del infierno.-
Es una frase con clara pretensión maldita, hay que admitirlo, pero aquí lo que se aprecia es el acto de pronunciar en voz alta lo que la mayoría no se atreve ni a susurrar. Me agrada que diga del infierno en vez de este infierno, que no se limite a un territorio personal, que tenga la intención de incendiarlo todo.

Por último están las frases que se refieren al amor, en Francisco Hernández hay una constante con la que estoy de acuerdo, el amor es una colección de ausencias, un cuarto donde se acumulan los fantasmas, las memorias más dolorosas, son las que dejan los amores que no sucedieron, amar es unir nuestras cicatrices sólo para formar una más fresca y más brillante, inventarse un dolor nuevo para no andar solos por la calle:

-La luz hiere. Al mismo tiempo deja ver la herida. El amor hiere, pero no descubre el tajo que produce.-
-No volveré a tocarte, tu nombre ya no pronunciaré. Aquí sobre la espalda de un combatiente que agoniza, acepto la derrota y esta imbécil nostalgia por el reino.-
-Amo entrañablemente tu carne de fantasma.-
-Nada se de tu piel, sólo que está en la noche, amaneciendo.-
-Tu ausencia es otra devorante geografía-

Pero mientras el amor sucede, el dolor es tan tibio que adormece, las señales del daño estan ahí, pero uno eligirá siempre el riesgo de hundirse en los ojos de otro:
-Nada como el tormento de desear a quien es libre de cumplir sus deseos.-
-No tengo escapatoria cuando me miras para dejarme en libertad.-
-Otro día sin verte, sin poner mis pupilas encima de tus trampas.-
-No hay labio que no sueñe con el zarpazo de una lengua insomne.-
-El amor es lo que estos niños felices desconocen.-
Líneas que nombran la única trampa de la que no tenemos escapatoria, el deseo duplicado por la inconcencia, sueños habitados por una lengua que no duerme y que no pierde el tiempo en articular palabras, la ironía perpetuamente derrotada: la felicidad nada tiene que ver con el amor.

En esta breve muestra de versos de Francisco Hernández que el jóven Ervey Castillo extrajo y presentó como aforismos, se ven las agujas afiladas en que pueden convertirse las palabras, esos gritos transformados en cuchillos para atravezar la piel de los insomnes, pequeños vidrios para iluminar a los que habitamos la malaluz, cada una de ellas y en conjunto nos están diciendo algo, un murmullo que debe permanecer siempre en nuestros oídos, antes de pensar en escribir ,hay que escuchar los epitafios de nuestra esperanza: Nadie saldrá sin llagas de este incendio. Todos nacimos para ser olvidados.

Thursday, January 21, 2010


La grandeza del cine mexicano, Jorge Ayala Blanco
Oceano, 2004
La actitud del crítico ante una situación crítica


A Jorge Ayala Blanco lo leí en el periódico El Financiero hace unos cinco años cuando yo trabajaba en la universidad, antes de eso leí otras críticas en algunas revistas y suplementos culturales, siempre lo he considerado como el único crítico de cine mexicano, único en su estilo y hasta ahora el único que conozco que ve casi todo lo que se produce en el país, es natural entonces que su estilo sea agrio arido y ácido, consumir todo el cine de este país, no puede causar otra cosa que unas largas y terribles agruras.
Su trabajo no se ha reducido a las colaboraciones, desde hace años lleva publicando libros sobre cine mexicano, sus títulos, por alguna extraña razón consisten en una palabra que abraza todo el sentido de la obra, anteriores a este libro han aparecido La aventura del, La busqueda del, La condición del, La disolvencia del, La Eficacia del y La fugacidad del cine mexicano. Y sí, después de este libro sigue La Herética del cine mexicano, y con la I, pues se me ocurren bastantes palabras, supongo que a el autor también.
Esta palabra con la que titula cada uno de ellos es manejada en todos los sentidos, en este caso la grandeza se ve con ironía y seriedad, pasa por la grandilocuencia y esa insoportable “grandeza” que ya no existe pero se trata de aparentar, de esta forma Ayala Blanco critica cerca de 95 producciones cinemátográficas entre películas, cortos y documentales realizados de 1997 al 2003, y hay de todo, ironías simples, ataques de pánico y comentarios tan ácidos capaces de atravezar una butaca de cine, admito que el estilo es díficil, pero al pasar de las páginas va adquiriendo sentido, díficil para uno, que que confunde las reseñas pederas de las revistas “especializadas” con crítica cinematográfica, esta última no pone estrellitas o pulgares abajo, esta se sumerge realmente dentro de lo que está presenciando, hace una lectura de lo que hay y por supuesto de todo lo que no hay en la pantalla, como todo producto salido de México, el cine tambien consiste en excesos y en carencias, no hay punto medio, se pretende siempre ser la obra totalizadora a partir de abarcar historias dispersas y todos los filtros posibles, todas las técnicas de edición, pero siempre, seguiremos tenendo el peor sonido que existe.
Ayala Blanco pone todo en contexto: las antecedentes del director: dónde estudió, que hizo antes, quien escribió el guión, con que fondos se financió la cinta, y eso es nada más para empezar y para dejar en claro que el cine no es obra de una persona, lo que sigue es una sinopsis de la historia, el conflicto en sí resuelto en tres o cuatro parrafos:

Ni mucho ni poco ni mucho menos Demasiado Amor, al menos según la cinta con ese demasiado título de Ernesto Rimoch (2000). En lo que se reune con su hermana mayor Laura (Ana Karina Guevara) que partió a España en pos de nuevos horizontes para la casita de huéspedes conjuntamente soñada y mejores oportunidades supuestamente para ambas, la secre simple de alma y fea con suerte prototipo de la mexicanita acomplejada Beatriz (Karina Gidi de autocompasión con pasión) pronto se dedica a levantar galanes en una cafetería, primero por accidente, esparcimiento o curiosidad; enseguida por fascinación ante el descubrimiento de sus propias aptitudes y posibilidades amatorias, pues vivía en el ostracismo, sin darse cuenta de su atractivo para con los hombres; luego por sacrificio, ejerciendo sin sordidez una prostitución velada e innombrable a lo Santitos (Springall, 1999), para satisfacer las crecientes demandas monetarias de la emigrante fraterna, y finalmente por inercia o vicio circuloso, hasta que reaparezca el Gran Amor encarnado por el ligue enigmático de las intermitencias y el folclor viajero Carlos (Ari Telch), ese afelpado rondador ronroneante de hipotética personalidad tan arrolladora como su pick-up roja, aunque la hermana explotadora jamás mande por la batracita Beatricita ahora prendada prendida falorreverente gatita mimosa. pág. 180

Otra cosa que distingue a este crítico es su conocimiento del cine tal cual, los movimientos de cámara, las secuencias, los recursos retóricos, estructurales y literarios, aparte de los históricos e histriónicos, el hombre sabe de lo que está hablando, y por eso, ante producciones tan dispares como son las mexicanas, sus comentarios no tienen otra intención que dar testimonio de lo que ha visto según su propia experiencia de espectador, rara vez aplaude, es cierto, y da la impresión de que todo le desagrada, aún a las cintas que le han provocado placer suele señalarles con precisión sus defectos, sobre Japón de Carlos Reygadas, transcurren preguntas a lo largo del texto:

¿Incógnita primigenia o evidencias esenciales?... ¿Anécdota mínima o rugosidad reveladora?... ¿Originalidad superficial o recreación profunda?... ¿Instinto de muerte o volencia lastimera?... ¿Aborto suicida o problema relacional?...

He llegado a pensar que este hombre no disfruta el cine, sino que lo sufre y lo que hace es compartirnos su dolor, y cómo no ante cintas como Serafín, la película de René Cardona III (2001) Guerrero coescrita y protagonizada por el mismísimo Félix Salgado Macedonio, diputado federal por el PRD y Lina Santos dirigida por Benjamín Escamilla Espinoza (2001), El misterio de la trinidad, de José Luis García Agraz, Inspiración de Angel Mario Huerta Cantú (2001), o Alex Lora, esclavo del rocanrol, Luis Kelly (2002). Estas son las representantes de la grandeza de carencias que sufre el cine mexicano, junto con otras de regular manufactura pero que tienen su grandeza en las pretensiones como Crónica de un desayuno de Benjamín Cann (2000), grandeza de temas abarcados como El crimen del padre Amaro de Carlos Carrera (2002), grandeza en los créditos de producción Y tú mamá también de Alfonso Cuarón (2001), o grandeza en frescura argumentativa Por la libre de Juan Carlos de Llaca (2000).
Aunque como lector me resulta frustante no haber visto todas las películas que aborda Ayala Blanco, algunas por accidente o por bondad del videoclub pirata si las he visto, entre ellas Cuento de hadas para dormir cocodrilos de Ignacio Ortiz Cruz (2001) el documental Señorita Extraviada de Lourdes Portillo (1999-2001), Amar te duele de Fernando Sariñana (2002), Perfume de violetas de Maryse Sistach (2000), y De la calle de Gerardo Tort (2001)
Triste es haber dejado pasar cintas como Un mundo raro de Armando Casas (2001), de la cual habla muy bien, o saber que Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, nunca acabarás de ser amor de Julián Hernández (2003) es inconseguible por estos lados, pero Gabriel Orozco, documental de Juan Carlos Martín la he visto en el saldo de Soriana a 32 varos, junto con Japón de Carlos Reygadas (2001), así que pronto tendré chanza de verlas, sobre el que no guardo ninguna esperanza es el corto Y cómo es él de Issa García-Ascott Ogarrio (1998-2000), que recibe en libro casi todos los halagos posibles:

…Ejercicio de estilo precozmente dueño de sus recursos expresivos, la ficción correspondiente a la generación del Qué pedo guey se estructura con base en secuencias redondas, brillantes secuencias casi autónomas y con distinto tratamiento, fragmentación, naturaleza y resoluciones internas, cual inagotable repertorio de posibilidades y homenajes posmodernos a los cineastas mundiales-faro más próximos a la sensibilidad juvenil de los últimos años noventa, aunque sosteniendo siempre un elegante y displicente tono general. pág. 211.

Qué dijo, pues que este corto de 28 minutos, está excelente, y nada más.
Por último, hay que reconocer que el trabajo de Jorge Ayala Blanco se basa en años de vivir y ver el cine, de estudiarlo y de años dedicados a la enseñanza, pero tambien de su conocimiento de la situación social y económica del país, sólo en ese contexto es posible abarcar una obra tan diversa como lo es el cine mexicano, y aunque sus objetivos no se ven claros, este trabajo como los anteriores, son un ejemplo de lo que debe ser la crítica de cualquier disciplina artística en México, esta debe ser una labor diaria, abierta y sincera, no hay otra forma, no hay otra manera, sólo quien intenta verlo todo, entiende y es capaz de apreciar la grandeza cuando esta aparece.

Wednesday, January 20, 2010



Yonqui. Willam S Burroughs
Anagrama. 1997
Un profundo viaje a las alturas artificiales


Puede sonar exagerado pero esta novela debería ser lectura obligada en las escuelas, y si no ahí, debería serlo entre los funcionarios que apoyan la guerra contra el narco y las instituciones encargadas de la salud en el país. Publicada originalmente en 1953 bajo el nombre de William Lee, sigue siendo tan vigente como en aquellos días.
Pocas son las novelas donde un adicto expone su tránsito por los terregosos caminos de la droga de la manera en que William S. Burroughs lo hizo hace más de 50 años, sin intenciones redentoras y sin el aura mística que comunmente se ve en este tipo de obras, tampoco hace apología de la droga, en pocas palabras, lo que Burroughs dice esque drogarse no es divertido para un adicto, pero le es necesario.
Es fácil entender porqué causó tanto escándalo en esos años, para empezar el adicto no era un personaje ficticio sino el mismo autor, y él no era un miserable sin educación alguna, si no alguien con dinero y una formación académica con todas sus necesidades económicas cubiertas, entonces, ¿porqué este hombre de clase acomodada terminó siendo un adicto?

La respuesta es que, normalmente, nadie se propone convertirse en drogadicto. Nadie se despierta una mañana y decide serlo...

... Uno se hace adicto a los narcóticos porque carece de motivaciones fuertes que lo lleven en cualquier otra dirección. La droga llena un vacío. Yo empecé por pura curiosidad. Luego empecé a pincharme cada vez que me apetecía. Termine colgado... Nadie decide convertirse en yonqui. Una mañana se levanta sintiéndose mal y se da cuenta de que lo es.

Y partiendo de ahí, desde su primer experiencia con la droga, el abuelo William nos cuenta su larga travesía por los mares de la adicción, el largo peregrinar por la ciudad para obtener recetas de morfina, las tediosas esperas y busquedas del camello, su fracaso como distribuidor, el síndrome de abstinencia tan frecuente, su intención de querer dejarlo, los arrestos, los internamientos, las recaídas, el huir de el país. Drogarse nunca fue glamouroso.
Aún así, la novela si tiene una intención didáctica, enseñarles a los demás, a los que no entienden nada del asunto, de qué se trata ser adicto, cómo se vive, qué se hace, a qué se enfrentan cada día. No creo que Burroughs haya buscado originalmente algo de comprensión, para nada, simplemente expone su caso de manera clara y precisa, no hay remordimientos, nada de que arrepentirse, es sólo la narración de un largo viaje de exploración y aprendizaje.

Cuando una persona se engancha, todo lo demás carece de importancia. La vida queda enfocada hacia la droga, un pico y a esperar el siguiente, todo está lleno de “material” y “recetas”, “agujas” y “cuentagotas”. A veces el adicto cree que lleva una vida normal y que la droga es algo accidental. No se da cuenta de que las actividades que no tienen que ver con la droga las realiza como un autómata. Hasta que su fuente de suministro se corta, no se da cuenta de lo que la droga significa para él.

“¿Por qué necesita tomar estupefacientes, señor Lee?” es una pregunta que suelen hacer los psiquiatras estúpidos. “Necesito droga para levantarme de la cama por la mañana, para afeitarme y para desayunar. La necesito para seguir vivo” es la respuesta.

Claro que tanta frialdad sorprende, como debe hacerlo todo relato que contenga el hundimiento de uno mismo, en la dureza de su estilo y en la profundidad de sus simples reflexiones, Burroughs deja todo tal cual es, no hay remordimiento, mucho menos expresa la necesidad de compasión, nos muestra el cuarto sucio sin levantar nada del piso, tal vez esté exagerando (yo no él) pero hasta ahora este es el libro que habla sin miedo de la adicción, no la justifica ni la condena, la concibe como algo que existe en la mente y en el cuerpo, su razonamiento es biológico totalmente, físico en extremo, las celulas que son adictas a la droga siempre estarán pidiendo más, conforme la adicción avanza, las celulas toman el poder, la idea de que los yonquis se reconocen entre ellos se basa en eso, las celulas adictas reconocen las de otros, entre ellos hay algo que los une y que va más allá de la simple superficie.
El relato de su estadía en México también es directo, este país está enfermo, todos trafican con algo, pocos son los que obtienen el poder, sin más remedio Burroughs se refugia en el alcohol, ya no sabe que es peor, embriagarse para soportar el día o insistir en buscar la dosis, prueba el peyote, el tequila, sigue buscando, cuando se va de México lo hace con la intención de encontrar la mítica ayahuasca o yage, toda su mente flota con optimismo

Colocarse es ver las cosas desde un ángulo especial. Es la liberación momentánea de las exigencias de la carne temerosa, asustada, envejecida, picajosa. Tal vez encuentre en el yage lo que he estado buscando en la heroína, la hierba y la coca. Tal vez encuentre el colocón definitivo

No sé si logró encontrarlo, pero sé que algo encontró, y a su manera, en sus novelas siguientes trató de compartirlo, hay que admitirlo Burroughs no es para todos.