Friday, October 30, 2009



Una desolación. Yasmine Reza

Anagrama, 2000
Mirando en el espejo las ruinas del tiempo
Envejecer no es un arte, tampoco una opción, mucho menos un oficio, ni se elige ni se aprende, sucede y nada más. Con el tiempo la enfermedad será sólo uno acumulación de errores y descuidos, y la soledad, un acto logrado por el azar y la fortuna, mientras esto pasa, es probable que los otros vayan cayendo uno a uno, y nosotros seremos testigos de nuestro propio abatamiento, hasta que llegue nuestro turno.
Samuel, el personaje de la novela breve de Yasmine Reza, es un judío francés, un viejo insatisfecho e inconforme, algo del presente lo mantiene furioso y no deja un solo instante de su vida sin enfrentarse a los nuevos tiempos, las nuevas ideas y lo peor de todo a la concepción actual de la felicidad, para Samuel eso no existe, no es real, es una mentira extendida a lo largo de toda la historia humana, algo para los que sueñan, y hasta ahí está bien, pero la felicidad no es para los que viven despiertos, para ellos, los que son como él no hay otra cosa que la insatisfacción, y de todas las personas felices que lo rodean, el que más le duele que haya caído en la trampa de los ilusos, es su propio hijo.
Una desolación es una largo monologo dirigido al hijo ausente, al “feliz” de la familia, al que viaja y recibe el sol de las playas, en que aparece de vez en cuando, el reclamo constante es “qué hace” de su vida, en que consiste ese “estar buscando su lugar” no lo entiende, ni quiere hacerlo, para Samuel tal cosa no existe, en ningún lugar el hombre puede estar en paz, ni siquiera consigo mismo, menos con todo ese pasado tras de si.
Su segunda esposa se dedica a todas esas causas nobles que se inventa la gente para salvar al mundo y ha decidido dejar de salvarlo a él, su otra hija está casada con un farmacéutico (nada más apropiado para su extreñimiento crónico y los medicamentos infames) todo su tiempo lo pasa en su jardín mientras ve a su vecino, otro como él pero más extremo, alguien que ha decidido anclarse tras la ventana sin intenciones de nada.
En toda la novela se lee una amargura densa e inpenetrable, es díficil entender la naturaleza de ese reclamo, esa angustia que le causa la supuesta pasividad del hijo y uno sospecha que todo va por el lado de no reproducirse, quien no lo hace, no se arriesga, quien no se atreve a quedarse en un sitio a críar a un hijo no quiere probarse nada, quien no siembra, y aquí entra la constante alegoría del jardín, jamás tendrá que preocuparse de nada.
En una parte de la novela Samuel va al cementerio a limpiar la tumba de su padre, habla con él mientras talla la fría lapida, observa los guijarros dejados sobre la tumba y le pregunta a su fantasma si está contento, la respuesta es afirmativa, y entonces vuelve la angustia, ¿quién lavara la tumba de su hijo?
Al final se encuentra con una vieja amiga Genevieve, amante de un amigo en común, cenan juntos y es en esa parte donde Samuel aparece como lo que es, un pobre viejo que no puede entender el mundo, jamás lo ha entendido, esta rueda de roca y musgo es un sitio infame y le parece incocebible que la gente busque la felicidad, que se ponga como meta única encontrar un estado de gracia perpetuo, Samuel insiste en que lo único real es este instante, y este instante no tiene gracia alguna, la fascinación es efimera y la memoria es lo único que nos queda ante tal desgracia, este dolor que carga es un largo arrepentimiento por no haber disfrutado las cosas, se dedicó a ser consciente de que todo tiene un final, y eso, si no sabemos entenderlo siempre amarga los actos desde el principio, Samuel ve hacía el pasado y descubre que ha hecho las cosas mal, pero en su situación ya no tiene sentido pensar mucho en el asunto, ¿arrepentirse? para qué, eso no cambia las cosas, uno va a morir y eso es todo.

M M
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Tuesday, October 20, 2009


El capitán salió a comer y los marineros
tomaron el barco. Charles Bukowski
Anagrama, 2000
Autoretrato del artista indecente a sus 71 años


He aquí el primer libro de Bukowski que despertó mi interés por sus últimos libros de poesía, publicado cuatro años después de su muerte, este diario donde registra (tal vez sin saberlo) sus últimos años de vida, son lo más cercano que podemos estar de la sinceridad casi innasible del viejo Charles, en él, evita los consejos y prefiere decir que más vale que no lo estés escuchando
"Un escritor no se debe más que a su escritura. No le debe nada al lector excepto la disponibilidad de la página impresa. El mejor lector y el mejor humano son los que me recompensan con su ausencia."
En el diario somos lectores de su hastío, la vida que en esos días le es favorable, sigue siendo algo sin nada de atractivo, el tedio esa soga que sostiene la rutina, sea cual sea, siempre está del otro lado de la puerta y cada hombre tarde que temprano saldrá a buscarla
Supongo que siempre hay algo ahí afuera con lo que queremos torturarnos
Regresando de “eso” el hipodromo en su caso, Bukowski sabe que lo único que tiene es a sí mismo (lo cual no es mucho), sus gatos, sus botellas de vino, y las ganas de escribir, las simples y putas ganas de hacerlo de nuevo mientras pueda
Cualquier cosa que diga suena bien porque apuesto cuando escribo
Eso es lo único que lo hace vibrar, sentirse vivo, distinto a los demás, sabe que ya está en las últimas, y que cada página escrita es una hoja arrancada de los cuadernos de la muerte, por esos días reflexiona sobre los años que le ha robado a la dama de hueso y descubre que es ella la que se ha burlado de él, a pesar de ello, él insiste en sentirse inmortal
Cuando escribo vuelo, enciendo fuegos. Cuando escribo saco a la muerte de mi bolsillo izquierdo, la lanzo contra la pared y la agarro cuando rebota.
Eso cuando anda de buenas, cuando el día ha sido malo en los caballos y la carretera una mierda, algo ronda en la habitación de Bukowski y no son precisamente sus ocho gatos, tal vez en una de esas la muerte no cayó dentro de su mano
Hay noches en las que este cuarto es el único sitio en el que quiero estar. Y sin embargo, subo aquí y me siento como una cáscara vacía.
A pesar de la edad Bukowski no pierde su carácter revoltoso y sigue siendo un bravucón de cantina pero ahora en la quietud de su casa, ahora es ajeno al dolor, sigue habitado por la desesperación perpetua y el asombro ante los hombres que ya no se asombran de nada. Sigue peleando a la sombra, sigue escupiendo a la pared
Pero hay otra cosa, y es que nunca tengo un maldito libro que leer. Cuando has leído una cierta cantidad de literatura decente, simplemente no hay más. Tenemos que escribirla nosotros mismos. No queda jugo en el aire.
Para Bukowski, la frase “Ama a tu prójimo” sólo podía significar una cosa “déjalo en paz”, al final de sus días el propio Charles se reconoce un animal solitario, ajeno a todo, fuera de lugar, un verdadero extranjero del mundo, no se encuentra bien ni siquiera en el hipódromo, el descubrir que en todo este tiempo él no ha dejado de ser eso, el chico que se baja de la banqueta para no ver la cara de los demás, lo deja a la deriva del mundo
Yo no soy buena compañía; hablar no me sirve para nada. No quiero intercambiar ideas, ni almas. Soy un bloque de piedra que se basta a sí mismo. Quiero quedarme dentro de ese bloque sin que nadie me moleste.
Recuerda las notas de rechazo de las revistas y editoriales, recuerda sus noches inventadas en callejones fríos y llenos de ratas, recuerda esas habitaciones inmundas que él mismo buscó con tal de no gastar demasiado en cuestiones sin importancia, y repite en insiste en lo único que sabe
Nada impedirá a un hombre escribir a menos que ese hombre se lo impida a sí mismo. Si un hombre desea verdaderamente escribir, lo hará.
Sabe de lo que habla, él cree en eso, todas sus monedas las ha puesto en su maquina de escribir (en esos días usa una Mac) y se ha montado en ella con la intención de llegar completo al final de la carrera, no le interesa ganar, sólo llegar entero, cruzar la línea y nada más
No hay derrota posible en la escritura; hará que rían los dedos de tus pies mientras duermes; te hará dar zancadas de tigre; te encenderá los ojos y te pondrá cara a cara con la muerte. Morirás como un luchador, serás honrado en el infierno.
Esos relámpagos, esas visiones con infierno y todo no dejan de ser idílicas en la visión de Bukowski, después de esos desplantes llenos de vigor, arremete contra toda su generación y los que vienen
Sin embargo, cuando empiezo a dudar de mi capacidad para trabajar con la palabra, simplemente leo a otro escritor y entonces sé que no tengo motivos para preocuparme. No compito más que contra mí mismo.
Se sabe viejo pero poderoso, se escucha cansado pero es el único que sigue diciendo lo mismo, sigue firme en sus ideas, en su concepción del acto de escribir.
Nunca hay que empujar, nunca hay que forzar las palabras. Demonios, esto no es un concurso, y desde luego hay muy poca competencia. Muy Poca.
El capitan salió a comer… es un libro intenso, este bellamente ilustrado por el maestro Robert Crumb y es como asomarse a los gestos de un moribundo que se aferra a seguir peleando hasta el final, sin ceder un paso, sin arrepentirse de nada, con los puños en alto y los ojos puestos en los de la muerte, lo demás y los demás ya no le importan.
Recuerdo una larga e iracunda carta que recibí un día de un hombre que me decía que no tenía derecho a decir que no me gustaba Shakespeare… No tenía derecho a adoptar esa postura. Seguía y seguía con ese rollo. No le contesté pero lo haré aquí.
Que te den por el culo, compañero. ¡Y tampoco me gusta Tolstoi!

P.D. Hace unos meses estuve en la biblioteca pública de Los Angeles, subí hasta el tercer piso sólo para tomar un libro de Bukowski entre mis manos, sólo para estar ahí, en el mismo sitio donde el pasó las tardes de su juventud huyendo del calor, el frió y el hambre, y ya estando ahí todo tomó sentido, el muchacho solitario ahora tiene sus propios libros en el mismo edificio donde su hambre se topó con la de Knut Hamsun, comparte un amplio piso con John Fante, el único escritor que le habló de su ciudad cuando más perdido se sentía, al final el bravucón había ganado. Por lo menos mejores compañías.
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Monday, October 12, 2009


Relatos Urbanos. Violeta García

H. Ayuntamiento de San Luis Potosí. 2009
Lo que ves es lo que hay: miniaturas de un mundo pequeño

El conjunto de relatos de Violeta García contiene más de lo que promete en su portada con ese título tan plano e inexpresivo, cualquier nombre de las dos partes que lo conforman hubiera sido mejor, Crónicas de Alcohol, o Crónicas Funerarias, me inclino por este último, serían más atractivos en cualquier aparador, aún así, el libro se deja tomar desde el primer relato, la mayor parte de ellos sencillos, claros y duros, sobre todo duros.
Crónicas de Alcohol contiene ocho relatos que como su nombre lo indica, van de la peda, el pase y la pose, tratan sobre la fiesta, la reunión, el vicio como refugio al vacío, el primero de ellos Noche de Sábado, inicia como un simple testimonio de una simple fiesta juvenil, para despues darnos una breve sorpresa al narrar cada una de las pequeñas historias que sucedieron durante la noche.
Los personajes son jovenes sin trabajo, presionados por las circunstancias sociales y familiares, beben porque no hay otra cosa que hacer, ni otra que les guste, se refugian en las breves tribus que construye la ebriedad y que algunas veces terminan en largas amistades, en otras ocasiones acaban mal, en ellos todo es desvelo, no esperar nada por parte del sol, entregarse al aire, atravezar la noche.
La mayor virtud de estos relatos donde el alcohol funciona como vínculo, detonador o soporte, es que Violeta García jamás juzga, no critica los actos de nadie, es un asistente más en cada historia, y narra lo que es preciso, sin decorar ni romantizar nada, pero tambien sin condenarlo, nos está contando lo que es, evita los estorbos, los artificios tan tentadores que ofrece la literatura, en esa sencillez, esa claridad del relato hay una postura ante el acto literario: no entorpezcas nada, a la historia déjala fluir hasta donde llegue.
Pero hay algo más, en esa clara intención de transcribir la realidad tal cual es, descubrimos que no hay mucho que hacer a favor de ella, no si queremos que siga sonando real, ahí es donde los relatos ganan en profundidad, al presentar las situaciones sin dramatizarlas demasiado, sin interferir entre los personajes, el lector es libre y decide por él mismo.
Violeta García hace una apuesta arriesgada y la gana: la realidad, descrita con pocas palabras no es gran cosa, el hecho es, que tampoco usando demasiadas palabras la realidad llega a convertirse en otra cosa. Si en los relatos la emoción es escasa, es porque lo que sucede en él es un ritual monótono, esteril, y constante, como la realidad misma, los juegos ya no divierten, la embriaguez amarga y envejece las almas de los jovenes que no tienen ninguna moneda puesta en el porvenir.
Crónicas Funerarias es todo lo contrario, estos relatos llenos de muertos contienen más vida, vibran extrañamente, aquí tampoco se juzga o condena a nadie, pero las historias se dirigen al eterno tema de la muerte y lo hacen desde varías perspectivas, principalmente el de la pérdida, antes de hacerse la pregunta de a dónde van los muertos, García busca respondernos hacía donde van los vivos, explora con detalle está parte esencial de la vida, que a mi ver es la más jodida, lo malo no es morir, sino que se nos muera “alguien”.
La viudez, el azar, los accidentes, el suicidio y otras avenidas inevitables que desembocan en la muerte, son los lugares desde los cuales Violeta García inicia sus crónicas de muerte y desamparo, la muerte del otro como detonador de la soledad, el arrepentimiento, y sobre todo el final de algo. Aquí si hay emociones desbordadas pero con mesura, ajena a las exageraciones y al drama gratuito, García acompaña a sus personajes a realizar esos actos, que lo mismo invocan al desamparo que a la resignación, asiste pues a estas ceremonias donde cada uno entierra sus muertos en el aire, y los fantasmas en una botella de licor, los ayuda a encontrar los objetos que los reconciliarán con el mundo, o escuchar ese crujido que la muerte produce al moverse por sus habitaciones nocturnas.
Estamos pues ante un raro acto de equilibrio, por una lado tenemos un conjunto de relatos escritos con un extraño desapego que puede confundirse con frivolidad, y en el otro un conjunto de historias donde el dolor aparece narrado con una levísima ternura.
Y por supuesto con un pésimo título para un libro tan atractivo, espero que corra con suerte y a pesar de él, la gente atravieze ese letrero de No Pase que lleva en la portada. Ojalá.

(**)
{!!}

Monday, October 5, 2009


Ahogados. Carlos Eugenio López

Lengua de Trapo. 2000
Conversando con un muerto en la cajuela
¿Somos lo que decimos? ¿Realmente alguien puede escucharnos mientras hablamos? De hecho ¿Alguien se escucha cuando habla? La novela Ahogados es un extenso dialogo entre dos hombres que matan inmigrantes y arrojan sus cádaveres al mar, para esto último tienen que hacer un largo viaje en auto, siempre de noche, y en el camino conversan, tratan de conocerse un poco en cada ocasión, lo que sea es ganancia.
Y de qué hablan dos hombres que se dedican a esto, de todo y de nada, así lo han hecho siempre, conversan como simples compañeros de trabajo, este homicidio es el número veintinueve y se notan un poco al borde, uno piensa en el retiro, el otro en que los retiren quienes los contrataron, mientras atraviezan la carretera su diálogo cruza otros caminos, toma los atajos del mutuo acuerdo cuando se puede o realiza varios rodeos para esquivar las palabras peligrosas. En ocasiones sube por las díficiles llanuras del humor y en otras cae en los inevitables barrancos del tedio y del vacío.
Sin nombres ni rasgos uno tiene que construir a estos dos personajes que sólo hablan por pasar el rato, evitándo la mayor parte del tiempo las respuestas sinceras y las preguntas directas, como si jugaran a perseguirse dentro de un auto mientras viajan.
Se saben asesinos pero no le ven remedio, no se imaginan haciendo otra cosa, uno se dice más viejo que el otro, uno estuvo en la cárcel, el otro recuerda a una de sus mujeres: Elena, pero no admite estar enamorado de ella, cuando la conversación va tomando el carril de lo íntimo, uno de los dos siempre tomará la salida más cercana

-Es que no me cabe en la cabeza cómo puede sen tan sencillo matar
-A mí me parece lo más normal del mundo. Lo complicado es vivir.
-Cuando lo piensas, ves tantos cabos sueltos… Y a la hora de la verdad, es como cortarse las uñas.
-O sacarse un moco.
-Por ejemplo.
-Parece un tinglado de impresión porque te han metido esa idea en la cabeza desde que no levantabas dos palmos del suelo, pero en cuanto le quitas el tabú…
-No sé…
-¿Qué es lo que no sabes?
-Que sólo sea un tabú
-Lo mismo que el incesto. ¿Por qué está mal follarse a tu hermana?
-Dicen que los hijos nacen tontos.
-¡Y quién se folla a su hermana para tener hijos!

Cínicos y sentimentales, uno dice escribir versos, el otro no entender nada, en esa larga conversación podemos imaginar más cosas, y como suele suceder en ocasiones, muchas de ellas están en lo que no se dice, en las preguntas que se quedan flotando como fantasmas en el interior del auto, 29 muertos, 29 viajes de ida y vuelta, la misma compañía siempre, la misma carretera, uno dicen contar los muertos y recordar el color de sus ojos, el otro admite que no se fijan en esos detalles, ni siquiera los ha contado, le da lo mismo cuántos sean y de que color tengan los ojos, son moros, personas que entraron ilegalmente al país y así les fue.
En el diálogo hay un racismo sin decoro alguno, sin disfraz, también hay una ignorancia real sobre lo que sucede fuera de su país, hay poca conciencia por la vida de un extranjero desconocido, una breve y simple filosofía para asesinos si es que tal cosa puede existir, ellos se consideran víctimas también, son los que realizan el trabajo sucio pero saben que igual lo harían otros, aún así entienden muy bien lo que están haciendo pero no el por qué, en el fondo no les interesa, no mucho, para ellos algunas cosas tienen matices, depende por dónde se le vea, hablar es lo único que tienen pero han perdido la capacidad de hacerlo sin ofender o lastimar al otro, como lo dije antes, están al borde de algo, al límite de abandonar ese trabajo y largarse a cualquier sitio, se hacen preguntas que ni siquiera ellos se han atrevido a responderse, son asesinos y esa profesión los puso en el mismo camino, esa es la verdad, y de un asesino no es bueno saber muchas cosas, casi al final de la novela su conversación se detiene en una carretera sin salida, la que da a las ruinas del porvenir: admiten que si fueran simples personas y se toparan en la calle, jamás entre ellos se hubieran cruzado una palabra.

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Friday, October 2, 2009


Abril Rojo. Santiago Roncagliolo

Alfaguara. 2006
La fabula del horror y el mounstro

No soy aficionado a leer los libros que obtienen algún premio, es raro que esa estrategia de mercado que las editoriales insisten en disfrazar de reconocimiento me haga caer en las redes del consumo editorial.
Sin embargo ya había leído a Santiago Roncagliolo por otros lados, una crónica en la revista Gatopardo y un cuento simpático aparecido en Pequeñas Resistencias 3, así que esta novela que se alzó con el premio Alfaguara en el 2006 no me pareció mala elección y la incluí en mis lecturas del mes, la dejé al final de todas y no me arrepentí, Abril Rojo es uno de las novelas más interesantes e intensas que he leído por estos días.
El género de suspenso o thriller en latinoamérica tiene sus características muy esenciales, el homicidio jamás termina resuelto del todo, los inocentes resultan no serlo, y el investigador de alguna manera termina involucrado, a veces es complice, en otras es quien ocasiona todo, las razones son obvias, latinoamérica es un thriller perpetuo, su democracia es una farsa terrorífica y su violencia rebasa cualquier pesadilla que haya tenido cualquier escritor de relatos de terror. Santiago Roncagliolo hace uso de todo este antecedente y crea una obra peculiar.
Para empezar tiene un personaje entrañable, Félix Chacaltana Saldívar, fiscal distrital adjunto de Ayacucho, un pueblo de Perú donde acaba de ocurrir un extraño homicidio, un cuerpo semicalcinado y sin un brazo es todo lo que necesita Roncagliolo para encender la mecha de una novela explosiva e incendiaria, eso y la respuesta del doctor Posadas a la pregunta que el fiscal Chacaltana le hace en la sala de obstetricia del hospital (da igual la morgue ya no tiene congelador)

-Una última pregunta, Doctor Posadas. ¿Dónde se podría incinerar un cuerpo hasta tal grado? ¿En un horno de pan… en una explosión de gas?
Posadas tiró al suelo el cigarrillo. Lo pisó y tapó el cuerpo. Luego sacó otro chocolate. Le dio una mordida antes de responder:
-En el infierno, señor fiscal.

De ahí en adelante Roncagliolo nos va dibujando de manera lenta pero con precisión a un personaje peculiar entre todos los demás que habitan la novela, Félix Chacaltana Saldívar es un hombre apegado a la ley, al menos a sus normas, sus reglas y sus procesos, hace exactamente lo que dicen los códigos, ordenamientos y manuales regulatorios, es el especimen más extraño que puede existir en América Latina: es un burocráta que trabaja, separado de su mujer y huerfano, vive insistiendo en que el fantasma de su madre no se vaya de su casa, mantiene la habitación tal cual la dejó al morir y duerme cada día en compañía de un retrato distinto, es un hombre solo que decide regresar a su pueblo natal decidido a pasar ahí el resto de sus días, los demás funcionarios creen que lo mandaron de regreso para castigarlo por algo.
El homicidio para la autoridad, los militares para ser precisos, es resultado de un lío de faldas que salió mal, para Chacaltanan algo no encaja e insiste en que se realicen todos los procedimientos habidos y por haber para comprobar que no fue un acto terrorista, y a pesar de que todos le piden que deje las cosas como están, nuestro personaje se dedica a dejarle las puertas abiertas a los muertos y a los asesinos, lo que sigue es una carnicería, un viaje a la profunda locura latinoamericana, a nuestra absurda naturaleza autodestructiva, y a nuestra heroíca clase militar:

El detenido negó repetidamente la existencia de cualquier vínculo con Sendero Luminoso, lo cual convenció más aún al teniente Cáceres Salazar de su implicación en los respectivos atentados, según ha manifestado, porque los terroristas se caracterizan por negar siempre su participación en los hechos. En consecuencia, y para incrementar la colaboración del detenido, se le practicó una técnica de investigación consistente en atar sus manos a la espalda y dejarlo colgar suspendido del techo por las muñecas, hasta que el dolor le permita proceder a confesar sus actos delictivos.

Cada persona con la que habla Chacaltana es asesinada, quemada casi por completo y una parte de su cuerpo cercenada, según las líneas de investigación dicho acto responde a una vieja tradición de los indios peruanos, al final la locura ya es colectiva, la novela se desarrolla dentro de una festividad mayor, la semana santa y todo parece indicar que los asesinatos tienen algún significado religioso, y en el transcurso de esto, el personaje de Chacaltana sufre una leve transformación: deja de estar ciego, abandona las reglas y el orden en busca de una respuesta real a lo que está sucediendo o y a la vez recuperar su cordura perdida.
Ahora que su mundo se ha derrumbado, lo que hay frente a sus ojos le causa pavor, volver a sus rutina ya es imposible, al final él descubrirá no sólo al responsable de los homicidios, sino al asesino de su propia madre, se descubrirá mounstro tambien, cádaver que anda por las calles de Ayacucho, fantasma que nadie mira, hombre que ya no existe.
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